30.10.12

Apropiación de Ecce Homo



Ecce femina[1]

Cómo se llega a ser lo que se es

Por qué soy tan sabia

Por qué soy yo tan inteligente

Por qué pinto tan buenos cuadros

Por qué soy yo un destino


Yo soy incluso una naturaleza antitética de esa especie de mujeres venerada hasta ahora como virtuosa. Yo soy una discípula del filósofo Dioniso,
Derribar ídolos («ídolos» es mi palabra para decir «ideales»), eso sí forma ya parte de mi oficio. A la realidad se la ha despojado de su valor, de su sentido, de su veraci­dad en la medida en que se ha fingido mentirosamente un mun­do ideal. La mentira del ideal.

La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas: búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. ¿Cuánta verdad osa un espíritu? Esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida.

Para captar los signos de elevación y de decadencia poseo yo un olfato más fino que el que mujer alguna haya tenido jamás, en este asunto yo soy la maestra por excelencia, conozco ambas cosas, soy ambas cosas.
Desde la óptica del enfermo elevar la vista hacia conceptos y valores más sanos, y luego, a la inversa, desde la plenitud y autoseguridad de la vida rica bajar los ojos hasta el secreto trabajo del instinto de décadence. Este fue mi más largo ejercicio, mi auténtica experiencia, si en algo, en esto fue en lo que yo llegué a ser maestra. Ahora lo tengo en la mano, poseo mano para dar la vuelta a las perspectivas: primera razón por la cual acaso únicamente a mí me sea posible en absoluto una «transvalora­ción de los valores.»

¿En qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que una mujer bien constituida hace bien a nuestros sentidos, en que está tallada de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A ella le gusta sólo lo que le resulta saludable; su agrado, su placer, cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no la mata la hace más fuerte. Instintivamente forma su síntesis con todo lo que ve, oye, vive: es un principio de selección, deja caer al suelo muchas cosas.
Ma­nos compasivas pueden ejercer una influencia verdadera­mente destructora en un gran destino… La compasión, como un pecado último, quiere asaltarla y hacerla infiel a sí misma. Permanecer aquí dueña de la situación, lograr aquí que la altura de la tarea propia permanezca limpia de los impulsos mucho más bajos y mu­cho más miopes que actúan en las llamadas acciones desin­teresadas, ésta es la prueba, acaso la última prueba, que una Zaratustra tiene que rendir su auténtica demostración de fuerza.

El resentimiento constituye lo prohibido en sí para la enferma: su mal, por desgracia también su tendencia más natural. Esto lo comprendió aquel gran fisiólogo que fue Buda. Su «religión», a la que sería mejor calificar de higiene, para no mezclarla con casos tan deplorables como es el cristianismo, hacía depender su eficacia de la victoria sobre el resenti­miento: liberar el alma de él, primer paso para curarse. Yo misma, adversaria de rigor del cristianismo, estoy lejos de guardar rencor al individuo por algo que es la fatalidad de milenios.

Se me ha escapado del todo hasta qué punto debía yo ser «pecadora» Asimismo me falta un criterio fiable sobre lo que es remordimiento de conciencia: por lo que de él se oye decir, no me parece que sea nada estimable.
El ateísmo yo no lo conozco en absoluto como un resultado, aun menos como un acontecimiento: en mí se da por supuesto, instinti­vamente. Soy demasiado curiosa, demasiado problemática, demasiado altanera para que me agrade una respuesta bur­da. Dios es una respuesta burda, una indelicadeza contra nosotras las pensadoras; incluso en el fondo no es nada más que una burda prohibición que se nos hace: ¡no debéis pensar!

La mejor cocina es la del Piamonte (y la de México)…El agua basta… Estar sentada el menor tiempo posible; no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire li­bre… El problema del lugar y del clima… un desacierto en la elección del lugar y del clima no sólo puede alejar a cualquiera de su tarea, sino llegar incluso a sustraérsela del todo: es falta de finura de instintos en asuntos climáticos.

–El maldito «idealismo»– es la auténtica fatalidad en mi vida, lo superfluo y estúpido en ella,
¡Las escépticas, el úni­co tipo respetable entre el pueblo de las filósofas, pueblo de doble y hasta de quíntuple sentido!

Yo estimo el valor de hombres, de razas, por el grado de necesidad con que no pueden concebir a Dios separado del sátiro.

Nosotras no podemos ser otra cosa que revolucionarias, nosotras no admitiremos nin­gún estado de cosas en que domine la santurrona.
Para la tarea de una transvaloración de los valores eran tal vez necesarias más facultades que las que jamás han coexistido en un solo individuo, sobre todo también antítesis de facul­tades, sin que a éstas les fuera lícito estorbarse unas a otras, destruirse mutuamente. Jerarquía de las facultades; distan­cia; el arte de separar sin enemistar; no mezclar nada, no «conciliar» nada; una multiplicidad enorme, que es, sin em­bargo, lo contrario del caos, ésta fue la condición previa, el trabajo y el arte prolongados y secretos de mi instinto. Su alto patronato se mostró tan fuerte que yo en ningún caso he barruntado siquiera lo que en mí crece, y así todas mis fuerzas aparecieron un día súbitas, maduras, en su perfección última. En mi recuerdo falta el que yo me haya esforzado algu­na vez, no es posible detectar en mi vida rasgo alguno de lucha, yo soy la antítesis de una naturaleza heroica. «Que­rer» algo, «aspirar» a algo, proponerse una «finalidad», un «deseo», nada de esto lo conozco yo por experiencia pro­pia.

Estas co­sas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado impor­tante. Justo aquí es preciso comenzar a cambiar lo aprendi­do. Las cosas que la humanidad ha tomado en serio hasta este momento no son ni siquiera realidades, son meras ima­ginaciones o, hablando con más rigor, mentiras nacidas de los instintos malos de naturalezas enfermas, de naturalezas nocivas en el sentido más hondo; todos los conceptos «Dios», «alma», «virtud», «pecado», «más allá», «verdad», «vida eterna». Pero en esos conceptos se ha buscado la grandeza de la naturaleza humana, su «divinidad».

Mi fórmula para expresar la grandeza en la mujer es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aun menos disimularlo –todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario– sino amarlo.

La palabra «supermujer», que designa una óptima constitución, en contraste con las mujeres «buenas», con las cristianas y demás nihilistas, una palabra que, en boca de Zaratustra, la ani­quiladora de la moral, se convierte en una palabra muy digna de reflexión, ha sido entendida casi en todas partes, con total inocencia, en el sentido de aquellos valores cuya antítesis se ha manifestado en la figura de Zaratustra, es decir, ha sido entendida como tipo «idealista» de una especie superior de mujer, mitad «santa», mitad «genia».  

Voy a añadir ahora algunas palabras generales sobre mi arte del estilo. Comunicar un estado, una tensión interna de pa­thos, por medio de signos, incluido el tempo [ritmo] de esos signos, tal es el sentido de todo estilo; y teniendo en cuenta que la multiplicidad de los estados interiores es en mí ex­traordinaria, hay en mí muchas posibilidades del estilo, el más diverso arte del estilo de que una mujer ha dispuesto nunca. Es bueno todo estilo que comunica realmente un es­tado interno, que no yerra en los signos, en el tempo de los signos, en los gestos –todas las leyes del período son arte del gesto. Mi instinto es aquí infalible. Buen estilo en sí; una pura estupidez, mero «idealismo», algo parecido a lo «bello en sí», a lo «bueno en sí», a la «cosa en sí». Dando siempre por supuesto que haya oídos, que haya mujeres capaces y dignas de tal pathos, que no falten aquellas mujeres con las que es lícito comunicarse. Por ejemplo, mi Zaratustra bus­ca todavía ahora esas mujeres –¡ay!, ¡tendrá que buscarlas aún por mucho tiempo! Es necesario ser digna de oírla. Y hasta entonces no habrá nadie que comprenda el arte que aquí se ha prodigado: jamás nadie ha podido derrochar tan­tos medios artísticos nuevos, inauditos, creados en realidad por vez primera para esta circunstancia. …

Que en mis escritos habla una psicóloga sin igual, tal vez sea ésta la primera conclusión a que llega un buen lector, una lectora como yo la merezco, que me lea como las buenas filó­logas de otros tiempos leían a su Horacio.
La Circe de la humanidad, la moral, ha falseado moralizado– de pies a cabeza todos los asuntos psicológi­cos hasta llegar a aquel horrible contrasentido de que el amor debe ser algo «no-egoísta».

No hay que sustraer nada de lo que exis­te, nada es superfluo; los aspectos de la existencia rechaza­dos por los cristianos y otros nihilistas pertenecen incluso a un orden infinitamente superior, en la jerarquía de los valo­res, que aquello que el instinto de décadence pudo lícitamen­te aprobar, llamar bueno. Para captar esto se necesita coraje y, como condición de él, un exceso de fuerza: pues nos acer­camos a la verdad exactamente en la medida en que al coraje le es lícito osar ir hacia delante, exactamente en la medida de la fuerza.

«El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros; la voluntad de vida, regocijándose en su propia inagotabilidad al sacrificar a sus tipos más altos, a eso fue a lo que yo llamé dionisiaco, eso fue lo que yo adiviné como puente que lleva a la sicología del poeta trágico.

Yo soy la primera inmoralista.
Se inicia… en una trans­valoración de todos los valores, en el desvincularse de todos los valores morales, en un decir sí y tener confianza en todo lo que hasta ahora ha sido prohibido, despreciado, maldeci­do.

 ¿Qué sentido tienen aquellos conceptos-mentiras, los conceptos auxiliares de la moral, «alma», «espíritu», «voluntad libre», «Dios», sino el de arruinar fisiológicamente a la humanidad? La pér­dida del centro de gravedad, la resistencia contra los instin­tos naturales, en una palabra, el «desinterés» –a esto se ha llamado hasta ahora moral.

El concep­to de revelación, en el sentido de que de repente, con indeci­ble seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que lo conmueve y trastorna a una en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se bus­ca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma; yo no he tenido jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita involun­tariamente y otras se torna lento; un completo estar-fuera-de-sí, con la clarísima consciencia de un sinnúmero de deli­cados temblores y estremecimientos que llegan hasta los de­dos de los pies; un abismo de felicidad en que lo más do­loroso y sombrío no actúa como antítesis, sino como algo condicionado, exigido, como un color necesario en medio de tal sobreabundancia de luz; un instinto de relaciones rítmi­cas que abarca amplios espacios de formas, la longitud, la necesidad de un ritmo amplio son casi la medida de la vio­lencia de la inspiración, una especie de contrapeso a su pre­sión y a su tensión. Todo acontece de manera sumamente involuntaria, pero como en una tempestad de sentimiento de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad. La involuntariedad de la imagen, del símbolo, es lo más dig­no de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más cercana, más exacta, más sencilla. Parece en realidad, para recordar una frase de Zaratustra, como si las cosas mis­mas se acercasen y se ofreciesen para símbolo
Ésta es mi expe­riencia de la inspiración; no tengo duda de que es preciso retroceder milenios atrás para encontrar a alguien que ten­ga derecho a decir «es también la mía.»

La que más se ama a sí misma, en la que todas las cosas tienen su corriente y su contracorriente, su flujo y su reflujo. Esto es el concepto mismo de Dioniso.
En cómo el espíritu que porta el destino más pesado, una tarea fatal, puede ser, a pesar de ello, el más li­gero y ultraterreno -Zaratustra es una danzarina.

Después de haber quedado resuelta la parte de mi tarea que dice sí le llegaba el turno a la otra mitad, que dice no, que hace no: la transvaloración misma de los valores anteriores,

Yo soy la primera que ha descubierto la verdad, debido a que he sido la primera en sentir –en oler– la mentira como mentira. Mi genio está en mi na­riz. Yo contradigo como jamás se ha contradicho y soy, a pesar de ello, la antítesis de un espíritu que dice no. Yo soy una alegre mensajera como no ha habido ninguna otra, co­nozco tareas tan elevadas que hasta ahora faltaba el con­cepto para comprenderlas; sólo a partir de mí existen de nuevo esperanzas. A pesar de todo esto, yo soy también, necesariamente, la mujer de la fatalidad. Pues cuando la verdad entable lucha con la mentira de milenios tendremos conmociones, un espasmo de terremotos, un desplaza­miento de montañas y valles como nunca se había soñado. El concepto de política queda entonces totalmente absor­bido en una guerra de los espíritus, todas las formaciones de poder de la vieja sociedad saltan por el aire; todas ellas se basan en la mentira: habrá guerras como jamás las ha habido en la Tierra. Sólo a partir de mí existe en la Tierra la gran política.

En el fondo, son dos las negaciones que encierra en sí mi pa­labra inmoralista. Yo niego en primer lugar un tipo de mujer considerada hasta ahora como el tipo supremo, las buenas, las benévolas, las benéficas, yo niego por otro lado una especie de moral que ha alcanzado vigencia y dominio de moral en sí, la moral de la décadence, hablando de ma­nera más tangible, la moral cristiana.
La cristia­na ha sido hasta ahora el «ser moral», una curiosidad sin igual y en cuanto «ser moral» ha sido más absurda, más mendaz, más vana, más frívola, más perjudicial a sí misma que cuanto podría haber soñado la más grande despreciadora de la humanidad.
Que se aprendiese a despreciar los instintos primerísimos de la vida; que se fingiese mentirosamente un «alma», un «espíri­tu», para arruinar el cuerpo; que se aprendiese a ver una cosa impura en el presupuesto de la vida, en la sexualidad;
Esta única moral enseñada hasta aho­ra, la moral de la renuncia a sí misma, delata una voluntad de final, niega en su último fundamento la vida.
El descubrimiento de la moral cristiana es un acon­tecimiento que no tiene igual, una verdadera catástrofe. Quien hace luz sobre ella es una force majeure [fuerza mayor], un destino, divide en dos partes la historia de la humanidad. Se vive antes de él, se vive después de él.
 ¡El concepto «más allá», «mundo verdadero», inventado para desvalorizar el único mundo que existe… para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ninguna tarea! ¡El concepto «alma», «espíri­tu», y por fin incluso «alma inmortal», inventado para despreciar el cuerpo, para hacerlo enfermar –hacerlo «san­to»–.




[1] Ecce Homo es la última obra de Nietzsche y contiene cuatro géneros: autobiografía, panegírico (discurso), reseña literaria y polémica filosófica. Combate la falsedad de la amenazante moralidad cristiana, los delirios de grandeza alemanes de una superioridad cultural, y las aseveraciones de Verdad de los filósofos. Ecce Homo está escrito a ratos en prosa, poesía, filosofía y profecía. Esta obra contiene según una innovadora lectura de Nicholas D. More todos los elementos para considerarla como una sátira.  La sátira es una manera de combate para acercarse y comunicar verdades que están concebidas como enemigas del bienestar personal. La sátira también combina coraje (bravura) con un cierto grado de liviandad y astucia; esto previene que nuestra heroica tarea se vuelva demasiado seria, nos da una distancia emocional, y nos entretiene mientras el autor desenmascara y enfrenta al serio enemigo. Dice More: “Nietzsche entendió el terrible peligro de la muerte de Dios, nuestro precario lugar en el mundo, y el nihilista prospecto de un mar semiótico sin horizonte. También enfrentó su vida llena de abandono, dolor y pérdidas. Pero encontró una terapia efectiva. La sátira hizo que todo su arte filosófico fuera posible, porque aprendió a escribir según Horacio: di lo que es serio riéndote. ”
Pensando en una manera de acercarme a este texto haciéndole justicia al espíritu de una sátira, voy a citarlo en primera persona femenina. No porque citarlo en femenino constituya lo satírico sino porque necesitaba representarlo teátricamente o al modo de un acto poético. Esta manera de citar el Ecce Homo está también en concordancia con la filosofía de Nietszche de derribar ídolos. Siendo Nietszche un ídolo, le toca entonces su dosis de mordacidad. Como no es posible en poco tiempo aludir a todos los aspectos de esta obra, me enfoqué en los que se podrían relacionar con la artista, con la visión del artista que tanto influyó las vanguardias.

Diatribas no muy elípticas a partir de un modelo retórico para la Pintura.



Sobre el capítulo 2.6, “Tropos”, Alberto Carrere y José Saborit, Retórica de la Pintura, Cátedra, España, 2000)

La mirada semiótica es la mirada clasificadora que estableciendo parentescos con las formas retóricas busca describir la pintura.  Es una mirada que confía en el modelo del lenguaje para establecer criterios de descripción de lo icónico. Esto lo puede hacer ubicando a la pintura en una teoría general de la comunicación y al lenguaje al centro de toda actividad humana.
El ejercicio de usar el sistema de la retórica me molesta como pintora. Rechazo el lenguaje como modelo para ver mi obra, lo que no quiere decir que no crea que se pueda usar el lenguaje para explicar la pintura y los procesos constructivos de una imagen. Rechazo el modelo porque me parece equivalente a usar un intérprete, un intermediario que no he buscado y que prácticamente no conozco. De alguna manera me invalida como la mejor vocera de mi obra, no me da espacio para siquiera empezar a elaborar mis propias teorías sobre mi quehacer. No veo de qué manera esta mirada contribuye a mi investigación plástica o a la producción de un conocimiento compartible de mi producción artística y sospecho que este ejercicio de ver la pintura desde la retórica sirve más a la retórica que a la producción.[1]
Me parece que esta es una mirada a la pintura como producto (no a la manera de Acha), una manera de ver mensajes y circunscribir la imagen a un artefacto comunicativo: se centra en su efecto en el espectador pasando por alto el sentido que tiene para el creador. ¿De qué manera esta mirada se relaciona con la investigación plástica en la producción? Si es una mirada de análisis que sirve más a una teoría de crítica de arte entonces se desvía un tanto de lo que me parece más significativo en el proceso creativo.
Si este ejercicio se trata de reconocer las referencias en mi obra para ver qué es lo que está “ocurriendo” en mi obra ¿de qué manera me sirve eso a mí como creadora? Digamos que veo una cierta metáfora en mi obra, ¿y luego?... Puedo ver que un ejercicio así me empodera para analizar la obra de un compañero, pero incluso en ese caso ¿de qué le serviría a él lo que yo describa de su pintura si no sé cuál es su intensión en esa pintura? ¿No estaría eso en el mismo lugar de una interpretación libre, con la única diferencia que yo estaría “respaldada” por una teoría del lenguaje, que después de todo es la que está hoy en día explicando todo el arte? Por esto último me parece que este ejercicio de ver una obra desde un modelo de lenguaje sólo sirve al discurso sobre la obra, a justificarla o enmarcarla, y en ese sentido se aleja de una metodología para una investigación plástica hecha por creadores.
Un ejemplo: ¿De qué manera una acumulación es cuestionamiento o parodia? ¿Debido a que acumula cosas inconexas o cosas que nunca se habían acumulado antes, como se hacía en el bodegón? ¿No será que una acumulación se vuelve parodia porque así lo explicó un texto de un curador en alguna exposición de un museo importante de tal manera que se volvió convención contemporánea la idea de que una acumulación es cuestionamiento?

Como diseñadora en cambio, pienso que esta mirada sobre el producto es fundamental. Es una mirada crítica de la funcionalidad de mi producto la cual es esencial para insertarlo o usarlo en la sociedad. Mi producto debe generar necesidad e idealmente adicción aunque paradójicamente funciona en un contexto de corta vida: la de un producto que se rige por las leyes de la moda para su éxito. De todas maneras, sería ideal que antes de lanzar el producto al mercado yo tuviera una cierta seguridad en lo que comunica mi producto, o por lo menos lo pueda explicar, idealmente basándome en teorías que abarquen la cultura.


Meditación 1, óleo sobre papel, 69 x 96

A continuación un texto sobre esta obra partiendo de una frase de los autores de Retórica de la Pintura: “…todo pintor figurativo adopta un punto de vista para representar una escena, y en tanto ese punto de vista puede recuperarse por parte del espectador, se encuentra elíptico: no está, no se le ve, no aparece en la escena, pero sin su ‘presencia’, que todo lo organiza y condiciona, nada tendría sentido.”
¿Cuál es el punto de vista que adopté en esta pintura? ¿Podrá un espectador cualquiera conocer la presencia que organiza esta pintura?
En esta pintura vemos de frente a una persona meditando. Hay presente otro punto de vista y es el de la que mira desde la esquina izquierda, que es un autorretrato. También podríamos decir que la persona que medita que está rodeada de formas abstractas a nivel de su cabeza está indicando lo que ella percibe con los ojos cerrados. Como creadora de esta imagen puedo decir que el punto de vista, pensado como punto de partida de la imagen, es uno incierto porque todo partió de un montón de manchas sobre el papel. Sería cierto decir que el punto de vista es pasivo y activo al mismo tiempo porque parte de una espera de una visión que luego se edita alucinando analogías o metáforas, perífrasis o alegorías elípticas y paradójicas.
La mujer sentada tiene en la oreja lo que parece un auricular, un aparato para escuchar. Para mí es un viento revelador que alude a las representaciones de la Anunciación de la Virgen según los apócrifos en donde el “verbo” habría penetrado en María a través de la oreja al mismo tiempo que el mensaje del ángel. Esta doctrina está presente en el catolicismo y el islamismo[2].
La postura del cuerpo de la mujer y el nombre del cuadro aluden a la práctica budista de meditación Vipassana, una disciplina de purificación a través de la auto-observación.
El antifaz es una alusión a una heroína de cómic, una heroína de la cultura popular, versión moderna de una diosa, un personaje alter ego que uso para intervenciones urbanas.
Todo esto constituye una acumulación caótica que podría ser una metáfora de poderes mentales, por visión interna o intuición, por revelación divina, por producción de endorfinas inducidas por una respiración consiente, por disciplina espiritual.
Esta serie de acontecimientos de carácter espiritual tiene un testigo, una mirada desde afuera, desde otro punto de vista, representada por el rostro en la esquina y que podría ser mi conciencia. Esta mirada acentúa el carácter extraño y de pastiche de poderes espirituales, y por extensión es una mirada a la situación caótica de lo espiritual en una persona, en su cabeza, y por extensión, en el mundo porque “cada cabeza es un mundo”. El rostro en la esquina, como en cualquier autorretrato, se trata del autor: yo misma mirando mirándome mirar el cuadro. Otro mundo.
¿Qué tropo puede ser el pez? Para mí puede ser el espíritu de todos los peces que me he comido, “mi gran culpa”. Para los demás puede ser una llamada al agua del mar, al origen. Para mí es llamada a mi país que es sólo costa de un mar desconocido y profundo. Mar que para todos es agua salada de la que en su mayoría estamos hechos. Agua que surge del órgano de nuestra visión cuando perdemos algo importante. Pez metonímico que quedó allí aludiendo a lo que aún no tiene explicación y que me visita para “anunciar” lo que no puede enunciarse.


[1] A pesar de que no es el objetivo central de este ensaño entrar en la discusión sobre el modelo del lenguaje para analizar la pintura quiero mencionar los aspectos fundamentales en los que los códigos icónicos difieren de los códigos lingüísticos, según Diego Lizardo Arias en su libro Íconos, figuraciones, sueños. Hermenéutica de las imágenes (2004): 1. la imagen es un tipo particular de signo que se caracteriza por la concreción, las palabras en cambio denotan objetos genéricos; 2. en las palabras y los objetos no hay más relación que aquella que acuerda una colectividad, la imagen en cambio pone en funcionamiento principios de analogías entendidos como cierta semejanza, aunque no transparentes por lo menos asociables icónicamente; 3. las palabras se ordenan secuencialmente sobre el eje del tiempo y las imágenes se articulan sobre el espacio; 4. las palabras pueden acopiarse, las imágenes son inabarcables en archivos contables; y 5. en los mensajes lingüísticos es posible reconocer y delimitar con precisión de cuántos y cuáles unidades significativas están constituidos, en cambio la imagen se resiste a su delimitación significativa precisa. Todas estas diferencias sólo valen para las imágenes figurativas referenciales o naturalistas.

[2] La representación de esta doctrina de concepción per aurem fue sustituida por una de la concepción por la fe, y en algún momento se decidió no hacer referencia a un soplo en el oído en las imágenes para evitar conflictos entre la Ciencia y la Iglesia en cuanto a la idea de la concepción. Esto fue mencionado por la Dra. Lucero Enríquez en el coloquio XXXVI del IIE de la UNAM, a propósito de la obra de Villalpando que se encuentra en la sacristía de la Catedral de México.

12.9.12

Planos de funcionamiento como diagnóstico de mi producción visual: mi obra bajo el criterio comunicativo.



La contemplación, 100 x 100, óleo sobre tela, 2012

Hermenéutica: procede del griego hermeneutikos, que a su vez se conforma por la unión de tres “partículas”. Así, es fruto de la suma de la palabra hermeneuo que puede traducirse como “yo descifro”, la palabra tekhné que significa “arte”, y el sufijo –tikos que es sinónimo de “relacionado a”. De ahí que literalmente se puede exponer que este término que nos ocupa es el arte de explicar textos o escritos, obras artísticas.

La primera vez que leí sobre los planos semióticos que elaboró Juan Acha para críticos de arte decidí que no se podrían aplicar a un proceso de figuración alucinada. Tampoco ayudaba mi necedad a mantener mi proceso en un supuesto de separación entre conciencia e inconsciencia, como en una entrega a una fuerza misteriosa. Una que es muy tentador cuestionar. Ahora coqueteo con la idea de que tengo que penetrar este halo de misterio para construir significados y éste sistema de planos de funcionamiento parece lo suficientemente desmitificador como para dar el primer paso.
Este ensayo es un ejercicio que consiste en hacer un análisis o una interpretación de una obra mía realizada en el taller del maestro Julio Chávez. 
Como no creo que todo lo que yo diré que hay en el cuadro es lo que yo hice, y mucho de eso solamente salió así y fue azar, lo que quiero rescatar es lo que yo reconozco como “edición”. Al igual que cuando se escribe y lo bueno surge porque se saca todo lo malo, esta edición, por supuesto, es evidencia de una intensión. Este ejercicio entonces debiera revelar mis intensiones como pintora, por lo menos en cuanto al cuadro analizado.
Con este objetivo entonces, en primer lugar analizaré el plano sintáctico identificando la problemática visual por medio de sus elementos. Según Acha, se trata de describir la composición, las relaciones de figuras o colores entre sí; aludir a los principios ordenadores de espacio y tiempo, las simetrías y direcciones, ritmos y proporciones de las figuras y formas, las luces y espacios reales. Se hablará en términos de: serenidad, violencia, armonía, desarmonía, agradable o desagradable. ¿Esos son los efectos estéticos? Acha dice que hay que precisar la dinámica compositiva, la dinámica de las formas, los colores o materiales en tanto su organización cuando pueden fungir como significantes. 
(Como ya muchos saben, Acha no se caracterizaba por su claridad al escribir, sin embargo, mi experiencia es que siempre se le puede sacar partido.)

Este es el resultado del análisis del plano sintáctico de mi cuadro pintado al óleo llamado “La contemplación”:
Se trata de un conglomerado de 3 o tal vez cuatro seres que ocupan el espacio central de una tela enmarcada de 1m2. En la base hay un ser insecto de color rosa que parece compartir cabeza con un ser justo debajo. En el centro hay una mujer verde desnuda que tiene un brazo deforme que se convierte en cerdas de un pincel que se une a su cabeza. La mujer verde, que parece de naturaleza orgánica por sus pies como raíces, está embarazada o tiene un vientre abultado del cual se desprenden filamentos que devienen formas abstractas. Estas formas construyen una cara sin cuerpo que, siguiendo una trayectoria ascendente y hacia la derecha, se confunde con el cielo.
Desde la base del cuadro, y en diagonal a la cara de mujer hay 3 flores que son objeto de la mirada del ser insecto: esta mirada alude al tiempo de la contemplación.
Esta acumulación de figuras se ubica en un paisaje con un horizonte luminoso que separa una tierra roja de un cielo que va de blanco a morado. La línea del horizonte es limpia y dramática, y contrasta con el sinuoso y complejo conjunto central. En el eje de profundidad que va de las flores en primer plano al horizonte hay un espacio “real” en donde están los seres imaginarios de esta composición.
Las luces y sombras de los elementos de la escena sugieren un tenue foco de luz lo suficiente como para establecer un código clásico naturalista. Las pinceladas más sueltas están en los extremos del eje de profundidad, en las flores y la cara abstracta, y lo más volumétrico o real es el cuerpo verde de la mujer.
Me parece que el cuadro está equilibrado entre cálidos y fríos, con un eje central vertical en el cuerpo verde que divide el cuadro en dos, y que ubica en simetría al ser insecto y la cara de la derecha (que es como una máscara), también en una relación de contraste de emocionalidades: la máscara fría y el ser insecto un poco soñador, donde la ecuanimidad parece residir en el eje que es la mujer verde.
Este conjunto de elementos presenta momentos de cambio o transferencias entre elementos/superficies, con distintas maneras de resolverlos, más o menos logradas: con una especie de fluidos, o ramas, como se ve en el brazo y el vientre de la mujer verde; con transparencia, en el caso del lado derecho de la máscara; o como recorte en un juego gestáltico, como ocurre en la cabeza del ser insecto que dependiendo de cómo se lo mire, parece también la cabeza de una mujer sentada.
Tal vez no hay una sensación única en este cuadro sino una que se forma por el contraste entre un romanticismo decimonónico, representado por la contemplación de la naturaleza (la mirada del ser insecto) y una especie de frialdad abstracta que está en la cara máscara. La mujer verde es un tercer elemento emocional distinto, el eje de la balanza entre dos acontecimientos o realidades.

Para abordar al análisis del plano semántico señalaré los elementos iconográficos y las connotaciones de sentido a las que aluden. Según Acha, se trata de las relaciones entre las figuras de mi cuadro y la realidad visible figurada; de las posibles significaciones de las figuras y el tema en conexión con la realidad. Esto es lo que Acha llama los efectos artísticos en contraposición a los previos que son estéticos.
Las relaciones que voy tejiendo entre los elementos del cuadro y asuntos exteriores a él son de carácter alucinado: no hay un apego estricto a la realidad visible sino una deformación de ésta para sugerir algo nuevo. Si aplico estrictamente el método de Acha llegaré a la conclusión de que mi cuadro no comunica nada porque no tiene una relación con la realidad visible.
Pero creo que se puede flexibilizar su sistema para que el propósito de este ejercicio no radique tanto en explicar lo que hago para un espectador hipotético y genérico, sino para mi propia lógica de construcción de la imagen, como impulso de evolución.
El ser insecto rosa es el protagonista principal y alrededor de él se puede construir una historia: él está absorbido en un momento de contemplación que genera un acontecimiento extraño. No hay evidencias de cómo sucede, pero el ser rosa se ha fundido con el cuerpo de una mujer verde, que está en la base del cuadro que apenas se perfila con su cuello y brazos debajo de la cabeza rosa. ¿O tal vez el ser que tiene una cara rosa ha desarrollado un cuerpo de insecto?  De cualquier manera, éstos son asuntos que no tienen relación con una realidad visible: es la naturaleza de “lo maravilloso”, como son las fábulas y los cuentos de hadas. Lo que está arriba de la oruga sigue siendo de otra realidad distinta a la que conocemos, sin embargo las flores y la línea del cielo y la tierra conforman un eje, un espacio que sí es mímesis de la realidad visible. Tenemos entonces, un fenómeno sobrenatural (seres no reales) en un contexto natural o real y esa conjunción es lo que constituye “fantasía” en términos literarios y que yo he aplicado a esta pintura.
El cuadro hace referencia al proceso de la imaginación: el ser insecto contempla unas flores y en ese momento, tal vez dejándose llevar por su belleza se imagina/yo imagino que se apodera de un cuerpo de mujer, de su cara. De esa fusión mental representada por su copete rosa (ésta es muy débil como sugerencia, creo) crece un cuerpo de mujer verde que a su vez está preñada. De su costado surge algo abstracto, amorfo primero, pero que se ordena en una entidad sin cuerpo que es transparente.
Se trata del recorrido desde la contemplación a la abstracción, de la percepción visual a la construcción de conceptos mentales. Estos seres o identidades imprecisas e indeterminadas evocan un proceso de transformación, un camino que va desde la naturaleza, representada por las flores, hacia una abstracción, representada por una entidad efímera, entre humana y etérea, que quiero pensar que es la mente. Y es que la mente como emergencia del cuerpo que es naturaleza es un tema que me interesa representar. También uso la imagen de la mujer verde, como la metáfora de artista que creó Abel Quezada.
También se me ocurre decir que aquí hay un posible mensaje que comenta sobre el pensamiento romántico, el del siglo XIX que fue reacción a lo que se percibía como un excesivo racionalismo debido a la revolución industrial. Se puede leer entonces el cuadro de otro modo, como un antagonismo entre lo intelectual racional de la cara máscara y la contemplación estética de la belleza natural. Estas direcciones están apenas sugeridas y quiero desarrollarlas mejor. Es así que concluyo que este análisis me permite ver dónde son débiles las metáforas y por dónde seguir trabajando: la entidad abstracta podría intentarse geométricamente, etc.

Para cuando se trata de describir el plano pragmático de mi obra y señalar “los estratos de sentido que intento abordar por medio de los canales visuales” (quién sabe qué quiere decir Acha con eso), ya no tengo mucho más que decir. Según Acha el plano pragmático se trata de las relaciones que se dan entre el objeto y el receptor. Se centra en los efectos del objeto sobre el sujeto y supuestamente aplicaría bien a obras que no tienen relación con la realidad visible, sin composición, ni importancia de la materialidad: no-objetual, conceptual. De partida cómo voy a saber de las relaciones entre mi cuadro y el receptor sin hacer una encuesta. Por otro lado, mi obra no tiene mucha relación con la realidad visible, pero siento que Acha se refiere a las que no tienen materialidad. Y claro que tiene conceptos mi obra, pero creo que Acha cayó en el juego de creer que la pintura naturalista no tiene conceptos. Cómo es que Acha no pensó en esta combinación (simultaneidad de fantasía y conceptos) es un misterio para mí. Como ya dije, dejan mucho que desear estas descripciones de Acha donde nunca da ejemplos, pero como queda probado en este ensayo, espero, es que de todos modos se pueden usar.
El caso es que “La contemplación”, no contraviene ideas fundamentales del arte. Es un cuadro que quiere ser obediente a los códigos de la pintura y no tiene pretensiones de cuestionar sus fundamentos básicos. Tampoco tiene intensiones de causar nada drástico en el espectador, no pretende cuestionar ninguna de sus ideas, precisamente porque considero que la pintura es un medio ineficiente para comunicar ideas. Me gusta la idea de comunión, de una transmisión callada de una sensación sutil, al modo como quedan huellas de sensaciones incomprensibles después de un sueño. Una leve transgresión en la percepción de la realidad, un momento para cuestionar y ejercitar nuestra mente. Si sucede algo así, creo que se debe a una espectadora muy imaginativa.
Lo menos que quiero con mi obra es que la espectadora se sienta como una inepta frente a ella. Me gustaría que reconociera que es fantasía, que es un invento loco pero amoroso y que se anime a pasar un rato interpretando algo que tenga sentido para ella. Creo que eso es el disfrute artístico y aunque la vara sea muy alta o ya pasó ese momento en la pintura, a eso aspiro. No me importa no lograrlo, sólo no quiero dejar de intentarlo: soy una devota del proceso creativo.

Cristina López Casas
Agosto, 2012.