El ojo del Buda es una metáfora para la visión iluminada. En medio del humo de las fantasías psicotrópicas, la artista logra capturar la mirada desapegada, la que está libre de inseguridades y envidias, más allá de todo el "qué dirán" sobre si pinta esto o aquello. La artista toma ese ojo libre, sin esperar confirmación de los eruditos. Cuerpo sin vergüenza que no respeta ninguna religión, ni mucho menos la del Arte. ¿Y si el caso fuera que a la pintora le robaron años de su vida de artista, con cuentos de vidas puras y libres de ego? Eso quedó en el pasado. Esta artista no tiene miedo de hacer lo que se necesite para llevar a cabo su obra plástica: ¿qué artista no ha robado? El escorzo desnudo, pastel en mano, suspendido entre grises, apenas deja ver el hermoso color de la piel oaxaqueña, pintada por transparencias de verdes y sienas, sin mezclar los colores de la piel en la paleta. Y sin azules, para mayor libertad: todo ese azul celestial le viene sobrando. Es el tema, real y auténtico, del camino de la artista que solía ser "espiritual" y que ahora solo está interesada en la pintura.

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