30.10.12

Apropiación de Ecce Homo



Ecce femina[1]

Cómo se llega a ser lo que se es

Por qué soy tan sabia

Por qué soy yo tan inteligente

Por qué pinto tan buenos cuadros

Por qué soy yo un destino


Yo soy incluso una naturaleza antitética de esa especie de mujeres venerada hasta ahora como virtuosa. Yo soy una discípula del filósofo Dioniso,
Derribar ídolos («ídolos» es mi palabra para decir «ideales»), eso sí forma ya parte de mi oficio. A la realidad se la ha despojado de su valor, de su sentido, de su veraci­dad en la medida en que se ha fingido mentirosamente un mun­do ideal. La mentira del ideal.

La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas: búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. ¿Cuánta verdad osa un espíritu? Esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida.

Para captar los signos de elevación y de decadencia poseo yo un olfato más fino que el que mujer alguna haya tenido jamás, en este asunto yo soy la maestra por excelencia, conozco ambas cosas, soy ambas cosas.
Desde la óptica del enfermo elevar la vista hacia conceptos y valores más sanos, y luego, a la inversa, desde la plenitud y autoseguridad de la vida rica bajar los ojos hasta el secreto trabajo del instinto de décadence. Este fue mi más largo ejercicio, mi auténtica experiencia, si en algo, en esto fue en lo que yo llegué a ser maestra. Ahora lo tengo en la mano, poseo mano para dar la vuelta a las perspectivas: primera razón por la cual acaso únicamente a mí me sea posible en absoluto una «transvalora­ción de los valores.»

¿En qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que una mujer bien constituida hace bien a nuestros sentidos, en que está tallada de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A ella le gusta sólo lo que le resulta saludable; su agrado, su placer, cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no la mata la hace más fuerte. Instintivamente forma su síntesis con todo lo que ve, oye, vive: es un principio de selección, deja caer al suelo muchas cosas.
Ma­nos compasivas pueden ejercer una influencia verdadera­mente destructora en un gran destino… La compasión, como un pecado último, quiere asaltarla y hacerla infiel a sí misma. Permanecer aquí dueña de la situación, lograr aquí que la altura de la tarea propia permanezca limpia de los impulsos mucho más bajos y mu­cho más miopes que actúan en las llamadas acciones desin­teresadas, ésta es la prueba, acaso la última prueba, que una Zaratustra tiene que rendir su auténtica demostración de fuerza.

El resentimiento constituye lo prohibido en sí para la enferma: su mal, por desgracia también su tendencia más natural. Esto lo comprendió aquel gran fisiólogo que fue Buda. Su «religión», a la que sería mejor calificar de higiene, para no mezclarla con casos tan deplorables como es el cristianismo, hacía depender su eficacia de la victoria sobre el resenti­miento: liberar el alma de él, primer paso para curarse. Yo misma, adversaria de rigor del cristianismo, estoy lejos de guardar rencor al individuo por algo que es la fatalidad de milenios.

Se me ha escapado del todo hasta qué punto debía yo ser «pecadora» Asimismo me falta un criterio fiable sobre lo que es remordimiento de conciencia: por lo que de él se oye decir, no me parece que sea nada estimable.
El ateísmo yo no lo conozco en absoluto como un resultado, aun menos como un acontecimiento: en mí se da por supuesto, instinti­vamente. Soy demasiado curiosa, demasiado problemática, demasiado altanera para que me agrade una respuesta bur­da. Dios es una respuesta burda, una indelicadeza contra nosotras las pensadoras; incluso en el fondo no es nada más que una burda prohibición que se nos hace: ¡no debéis pensar!

La mejor cocina es la del Piamonte (y la de México)…El agua basta… Estar sentada el menor tiempo posible; no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire li­bre… El problema del lugar y del clima… un desacierto en la elección del lugar y del clima no sólo puede alejar a cualquiera de su tarea, sino llegar incluso a sustraérsela del todo: es falta de finura de instintos en asuntos climáticos.

–El maldito «idealismo»– es la auténtica fatalidad en mi vida, lo superfluo y estúpido en ella,
¡Las escépticas, el úni­co tipo respetable entre el pueblo de las filósofas, pueblo de doble y hasta de quíntuple sentido!

Yo estimo el valor de hombres, de razas, por el grado de necesidad con que no pueden concebir a Dios separado del sátiro.

Nosotras no podemos ser otra cosa que revolucionarias, nosotras no admitiremos nin­gún estado de cosas en que domine la santurrona.
Para la tarea de una transvaloración de los valores eran tal vez necesarias más facultades que las que jamás han coexistido en un solo individuo, sobre todo también antítesis de facul­tades, sin que a éstas les fuera lícito estorbarse unas a otras, destruirse mutuamente. Jerarquía de las facultades; distan­cia; el arte de separar sin enemistar; no mezclar nada, no «conciliar» nada; una multiplicidad enorme, que es, sin em­bargo, lo contrario del caos, ésta fue la condición previa, el trabajo y el arte prolongados y secretos de mi instinto. Su alto patronato se mostró tan fuerte que yo en ningún caso he barruntado siquiera lo que en mí crece, y así todas mis fuerzas aparecieron un día súbitas, maduras, en su perfección última. En mi recuerdo falta el que yo me haya esforzado algu­na vez, no es posible detectar en mi vida rasgo alguno de lucha, yo soy la antítesis de una naturaleza heroica. «Que­rer» algo, «aspirar» a algo, proponerse una «finalidad», un «deseo», nada de esto lo conozco yo por experiencia pro­pia.

Estas co­sas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado impor­tante. Justo aquí es preciso comenzar a cambiar lo aprendi­do. Las cosas que la humanidad ha tomado en serio hasta este momento no son ni siquiera realidades, son meras ima­ginaciones o, hablando con más rigor, mentiras nacidas de los instintos malos de naturalezas enfermas, de naturalezas nocivas en el sentido más hondo; todos los conceptos «Dios», «alma», «virtud», «pecado», «más allá», «verdad», «vida eterna». Pero en esos conceptos se ha buscado la grandeza de la naturaleza humana, su «divinidad».

Mi fórmula para expresar la grandeza en la mujer es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aun menos disimularlo –todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario– sino amarlo.

La palabra «supermujer», que designa una óptima constitución, en contraste con las mujeres «buenas», con las cristianas y demás nihilistas, una palabra que, en boca de Zaratustra, la ani­quiladora de la moral, se convierte en una palabra muy digna de reflexión, ha sido entendida casi en todas partes, con total inocencia, en el sentido de aquellos valores cuya antítesis se ha manifestado en la figura de Zaratustra, es decir, ha sido entendida como tipo «idealista» de una especie superior de mujer, mitad «santa», mitad «genia».  

Voy a añadir ahora algunas palabras generales sobre mi arte del estilo. Comunicar un estado, una tensión interna de pa­thos, por medio de signos, incluido el tempo [ritmo] de esos signos, tal es el sentido de todo estilo; y teniendo en cuenta que la multiplicidad de los estados interiores es en mí ex­traordinaria, hay en mí muchas posibilidades del estilo, el más diverso arte del estilo de que una mujer ha dispuesto nunca. Es bueno todo estilo que comunica realmente un es­tado interno, que no yerra en los signos, en el tempo de los signos, en los gestos –todas las leyes del período son arte del gesto. Mi instinto es aquí infalible. Buen estilo en sí; una pura estupidez, mero «idealismo», algo parecido a lo «bello en sí», a lo «bueno en sí», a la «cosa en sí». Dando siempre por supuesto que haya oídos, que haya mujeres capaces y dignas de tal pathos, que no falten aquellas mujeres con las que es lícito comunicarse. Por ejemplo, mi Zaratustra bus­ca todavía ahora esas mujeres –¡ay!, ¡tendrá que buscarlas aún por mucho tiempo! Es necesario ser digna de oírla. Y hasta entonces no habrá nadie que comprenda el arte que aquí se ha prodigado: jamás nadie ha podido derrochar tan­tos medios artísticos nuevos, inauditos, creados en realidad por vez primera para esta circunstancia. …

Que en mis escritos habla una psicóloga sin igual, tal vez sea ésta la primera conclusión a que llega un buen lector, una lectora como yo la merezco, que me lea como las buenas filó­logas de otros tiempos leían a su Horacio.
La Circe de la humanidad, la moral, ha falseado moralizado– de pies a cabeza todos los asuntos psicológi­cos hasta llegar a aquel horrible contrasentido de que el amor debe ser algo «no-egoísta».

No hay que sustraer nada de lo que exis­te, nada es superfluo; los aspectos de la existencia rechaza­dos por los cristianos y otros nihilistas pertenecen incluso a un orden infinitamente superior, en la jerarquía de los valo­res, que aquello que el instinto de décadence pudo lícitamen­te aprobar, llamar bueno. Para captar esto se necesita coraje y, como condición de él, un exceso de fuerza: pues nos acer­camos a la verdad exactamente en la medida en que al coraje le es lícito osar ir hacia delante, exactamente en la medida de la fuerza.

«El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros; la voluntad de vida, regocijándose en su propia inagotabilidad al sacrificar a sus tipos más altos, a eso fue a lo que yo llamé dionisiaco, eso fue lo que yo adiviné como puente que lleva a la sicología del poeta trágico.

Yo soy la primera inmoralista.
Se inicia… en una trans­valoración de todos los valores, en el desvincularse de todos los valores morales, en un decir sí y tener confianza en todo lo que hasta ahora ha sido prohibido, despreciado, maldeci­do.

 ¿Qué sentido tienen aquellos conceptos-mentiras, los conceptos auxiliares de la moral, «alma», «espíritu», «voluntad libre», «Dios», sino el de arruinar fisiológicamente a la humanidad? La pér­dida del centro de gravedad, la resistencia contra los instin­tos naturales, en una palabra, el «desinterés» –a esto se ha llamado hasta ahora moral.

El concep­to de revelación, en el sentido de que de repente, con indeci­ble seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que lo conmueve y trastorna a una en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se bus­ca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma; yo no he tenido jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita involun­tariamente y otras se torna lento; un completo estar-fuera-de-sí, con la clarísima consciencia de un sinnúmero de deli­cados temblores y estremecimientos que llegan hasta los de­dos de los pies; un abismo de felicidad en que lo más do­loroso y sombrío no actúa como antítesis, sino como algo condicionado, exigido, como un color necesario en medio de tal sobreabundancia de luz; un instinto de relaciones rítmi­cas que abarca amplios espacios de formas, la longitud, la necesidad de un ritmo amplio son casi la medida de la vio­lencia de la inspiración, una especie de contrapeso a su pre­sión y a su tensión. Todo acontece de manera sumamente involuntaria, pero como en una tempestad de sentimiento de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad. La involuntariedad de la imagen, del símbolo, es lo más dig­no de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más cercana, más exacta, más sencilla. Parece en realidad, para recordar una frase de Zaratustra, como si las cosas mis­mas se acercasen y se ofreciesen para símbolo
Ésta es mi expe­riencia de la inspiración; no tengo duda de que es preciso retroceder milenios atrás para encontrar a alguien que ten­ga derecho a decir «es también la mía.»

La que más se ama a sí misma, en la que todas las cosas tienen su corriente y su contracorriente, su flujo y su reflujo. Esto es el concepto mismo de Dioniso.
En cómo el espíritu que porta el destino más pesado, una tarea fatal, puede ser, a pesar de ello, el más li­gero y ultraterreno -Zaratustra es una danzarina.

Después de haber quedado resuelta la parte de mi tarea que dice sí le llegaba el turno a la otra mitad, que dice no, que hace no: la transvaloración misma de los valores anteriores,

Yo soy la primera que ha descubierto la verdad, debido a que he sido la primera en sentir –en oler– la mentira como mentira. Mi genio está en mi na­riz. Yo contradigo como jamás se ha contradicho y soy, a pesar de ello, la antítesis de un espíritu que dice no. Yo soy una alegre mensajera como no ha habido ninguna otra, co­nozco tareas tan elevadas que hasta ahora faltaba el con­cepto para comprenderlas; sólo a partir de mí existen de nuevo esperanzas. A pesar de todo esto, yo soy también, necesariamente, la mujer de la fatalidad. Pues cuando la verdad entable lucha con la mentira de milenios tendremos conmociones, un espasmo de terremotos, un desplaza­miento de montañas y valles como nunca se había soñado. El concepto de política queda entonces totalmente absor­bido en una guerra de los espíritus, todas las formaciones de poder de la vieja sociedad saltan por el aire; todas ellas se basan en la mentira: habrá guerras como jamás las ha habido en la Tierra. Sólo a partir de mí existe en la Tierra la gran política.

En el fondo, son dos las negaciones que encierra en sí mi pa­labra inmoralista. Yo niego en primer lugar un tipo de mujer considerada hasta ahora como el tipo supremo, las buenas, las benévolas, las benéficas, yo niego por otro lado una especie de moral que ha alcanzado vigencia y dominio de moral en sí, la moral de la décadence, hablando de ma­nera más tangible, la moral cristiana.
La cristia­na ha sido hasta ahora el «ser moral», una curiosidad sin igual y en cuanto «ser moral» ha sido más absurda, más mendaz, más vana, más frívola, más perjudicial a sí misma que cuanto podría haber soñado la más grande despreciadora de la humanidad.
Que se aprendiese a despreciar los instintos primerísimos de la vida; que se fingiese mentirosamente un «alma», un «espíri­tu», para arruinar el cuerpo; que se aprendiese a ver una cosa impura en el presupuesto de la vida, en la sexualidad;
Esta única moral enseñada hasta aho­ra, la moral de la renuncia a sí misma, delata una voluntad de final, niega en su último fundamento la vida.
El descubrimiento de la moral cristiana es un acon­tecimiento que no tiene igual, una verdadera catástrofe. Quien hace luz sobre ella es una force majeure [fuerza mayor], un destino, divide en dos partes la historia de la humanidad. Se vive antes de él, se vive después de él.
 ¡El concepto «más allá», «mundo verdadero», inventado para desvalorizar el único mundo que existe… para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ninguna tarea! ¡El concepto «alma», «espíri­tu», y por fin incluso «alma inmortal», inventado para despreciar el cuerpo, para hacerlo enfermar –hacerlo «san­to»–.




[1] Ecce Homo es la última obra de Nietzsche y contiene cuatro géneros: autobiografía, panegírico (discurso), reseña literaria y polémica filosófica. Combate la falsedad de la amenazante moralidad cristiana, los delirios de grandeza alemanes de una superioridad cultural, y las aseveraciones de Verdad de los filósofos. Ecce Homo está escrito a ratos en prosa, poesía, filosofía y profecía. Esta obra contiene según una innovadora lectura de Nicholas D. More todos los elementos para considerarla como una sátira.  La sátira es una manera de combate para acercarse y comunicar verdades que están concebidas como enemigas del bienestar personal. La sátira también combina coraje (bravura) con un cierto grado de liviandad y astucia; esto previene que nuestra heroica tarea se vuelva demasiado seria, nos da una distancia emocional, y nos entretiene mientras el autor desenmascara y enfrenta al serio enemigo. Dice More: “Nietzsche entendió el terrible peligro de la muerte de Dios, nuestro precario lugar en el mundo, y el nihilista prospecto de un mar semiótico sin horizonte. También enfrentó su vida llena de abandono, dolor y pérdidas. Pero encontró una terapia efectiva. La sátira hizo que todo su arte filosófico fuera posible, porque aprendió a escribir según Horacio: di lo que es serio riéndote. ”
Pensando en una manera de acercarme a este texto haciéndole justicia al espíritu de una sátira, voy a citarlo en primera persona femenina. No porque citarlo en femenino constituya lo satírico sino porque necesitaba representarlo teátricamente o al modo de un acto poético. Esta manera de citar el Ecce Homo está también en concordancia con la filosofía de Nietszche de derribar ídolos. Siendo Nietszche un ídolo, le toca entonces su dosis de mordacidad. Como no es posible en poco tiempo aludir a todos los aspectos de esta obra, me enfoqué en los que se podrían relacionar con la artista, con la visión del artista que tanto influyó las vanguardias.

2 comentarios:

  1. Leyendo tu perfil me pregunto: ¿Qué tiene México, que no tiene Chile y Estados Unidos?

    atte. http://siemprehayunladob.blogspot.mx/

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  2. Ale, ojalá te puedas responder esa pregunta significativamente, es decir para que te sirva a tí. De entrada yo e diría: tortillas. jejeje.

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